“En el límite de fronteras: Retos
sociales y diversidad cultural”
La obra de arte refleja
la identidad de
la actividad consciente y la inconsciente.
W.F.J. SCHELLING
Nos han educado en particulares concepciones
históricas. Una de ellas, en el modo de comprender la trayectoria
histórica del pasado. En el caso de Latinoamérica se tienen
dos perspectivas muy distintas según nos encontremos a uno o
a otro lado del océano. Sin embargo, es evidente que ciertas
formas culturales nos son comunes, además del idioma.
Es importante iniciar un proceso de restitución
compartida de dicha cultura. Especialmente desde la educación
artística las posibles revisiones siempre estuvieron más
interesadas en las identidades locales que en destacar los lugares comunes.
Se trata de colaborar en escribir nuestra propia
historia a partir del momento en el que nos encontramos. Recordemos
que dos son los ejes sobre los que se asienta la interpretación
oficial de nuestros asuntos: la adscripción a un período
histórico y el supuesto conjunto de rasgos compartidos. Se pueden
fijar, por convención, los límites temporales que se deseen.
Pero para que sean útiles deberán reflejar la realidad,
una identidad reconocible y aceptable por todos.
Estas jornadas pretenden establecer un foro de
intercambio entre las dos orillas con el objetivo de describir el lugar
común. Establecer un equilibrio entre límites como el
que sucede entre inspiración y arte, libertad creadora y necesidad
artística, donde habita la poética de la expresión.
Lejos de decidir por una sola de las orillas, operar con la dialéctica
fusión de los contrarios, en definitiva, rescatar, desde una
perspectiva adaptada a nuestro tiempo, la síntesis de una nueva
identidad latinoamericana compartida y asumida como la que existía
en la ironía romántica cuando comprendió que el
arte no se organiza únicamente por la conciencia y que a la actividad
consciente ha de ligarse una fuerza inconsciente, y que de la afinidad
y relación surge lo más eficaz, una educación artística
en la que «el juego entero de la vida sea realmente tomado y representado
también como juego».
Una poética del límite se propone
explorar en las fisuras de la representación. Pero no como un
juego ocioso, autorreferencial, sino como un modo de proyectar una mirada
simbólica hacia el mundo, de profundizar en el. Abriendo las
suturas de la representación, tratando de llegar más allá
del límite, en claroscuro: el resplandor simbólico de
la situación, su resonancia en nosotros, sus efectos. El profesor
es un cultivador de grietas: su misión es fracturar la realidad
aparente para captar lo que está más allá del simulacro.
El mundo de nuestro tiempo está agitado
por los vientos que anuncian una nueva revolución de profundo
contenido humano. Se está engendrando en la substancia de los
viejos y permanentes ideales de igualdad, libertad, democracia, bienestar
y dignidad del humano. Es la renovación social del siglo XXI,
cargada de impulsos enaltecedores del espíritu humano. Prepara
su marcha una gran transformación social. En diversas formas
tomará los caminos locales; pero estará inmersa en el
torrente histórico que apunta hacia los grandes ideales humanistas
transnacionales.
En algunos lugares no provocará conflictos
si sus fuerzas sociales están bien organizadas. En otros, será
muy fructífera porque se apoyará en el desarrollo de la
revolución científica, tecnológica y cultural.
De nosotros mismos depende que no sea traumática ni generen mayores
diferencias sociales. Esos aires renovarán los viejos ideales
orientados a crear y desarrollar una sociedad democrática, igualitaria,
donde se respete la libertad y la dignidad de la persona y se garanticen
los derechos sociales y nacionales. Como Benito Juárez afirmó
“la democracia es el destino de la humanidad y la libertad su
indestructible arma”. Su participación en la vida democrática
supone capacidad para pensar, libertad para elaborar juicios y para
expresarlos.
La pluralidad también despierta el temor
a perder la identidad y estimula el redescubrimiento o la invención
de tradiciones autóctonas en que apoyar y con las que legitimar
el sentimiento de diferencia de cada cultura. Ahora bien, todas las
sociedades tienen diferencias culturales propias, no sólo por
lo que hace a la etnia, sino también a los sexos, las edades,
las creencias religiosas, las tradiciones de los grupos profesionales
y sociales, por citar sólo algunos aspectos. La asunción
de estos distintos fenómenos ha pasado a ser no sólo un
imperativo ético, sino además una cuestión profundamente
útil, además de una obligación histórica.
La obra pura implica la desaparición del
poeta en la expresión, que cede la iniciativa a las palabras.
Juan Carlos Arañó Gisbert
Catedrático de Pedagogía de las Artes Visuales
Universidad de Sevilla
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